
"Bruscamente animados por un movimiento a la vez simultáneo y contrario se habían unido dos globos de consistencia y grosor semejantes: uno, el testículo blanco del toro, había entrado en el culo ‘rosa y negro’ de Simona, desnudado ante la muchedumbre; el otro, el ojo humano, había saltado fuera del rostro de Granero con la misma fuerza que sale del vientre el bulto de las entrañas. Esta coincidencia, ligada a la muerte y a una especie de licuefacción urinaria del cielo, nos acercó por vez primera a Marcela, desgraciadamente por un momento muy corto y casi inconsistente, pero con un brillo tan turbio que me adelanté con paso sonámbulo como si fuese a tocarla a la altura de los ojos.
Al cabo de un momento todo volvió a su aspecto habitual, interrumpido, después de la muerte de Granero, por obsesiones encegadoras. Simona estaba de tan mal humor que le dijo a Sir Edmond que no se quedaría ni un día más en Madrid; le interesaba mucho Sevilla, a causa de su reputación de ciudad de placeres.
Sir Edmond, que se embriagaba de placer satisfaciendo los caprichos del ‘ser más angélico y simple que haya existido en la tierra’, nos acompañó a Sevilla al día siguiente. Allí tuvimos una luz y un calor aún más delicuescentes que en Madrid; además, una excesiva abundancia de flores en las calles, geranios y adelfas, que acababan de enervar los sentidos.
Simona se paseaba desnuda bajo un vestido blanco, tan ligero que podía adivinarse su liguero rojo bajo la tela y hasta, en determinadas posiciones, su pelambre. Hay que agregar también que en esta ciudad todo contribuía a darle brillo a su sensualidad, al grado que cuando pasábamos por las tórridas calles, veía a menudo cómo las vergas tensaban los pantalones."
(G. BATAILLE)
Iglesia del Surf del Cristo Risueño de la Costa LTD. MMXXVI ©
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